El mundo
La Arboleda Calcinada
Esta veta viene de un mundo que se acabó ardiendo, y lo único que echaba de menos era la lluvia. Llegó a Crisol todavía caliente: troncos negros, ceniza que cae como nieve y brasas que siguen vivas bajo la hojarasca.
Lo demás es del fuego: lobos de brasa, árboles muertos que todavía andan, chispas que no se apagan y, en el corazón del bosque, el Último Incendio. Los aguadores dicen que la lechuza blanca ulula cuando va a llover; nunca ha ululado. Lirio, la aguadora del claro de la fuente, quiere que vuelva a llover.
Niveles 40 a 48, 100 salas. Se entra desde El hayedo del silencio, a 16 casillas al noroeste de Darkhaven. Para ir desde el juego: viajar La Arboleda Calcinada.
Un cuadro por sala, del color de su terreno; al pasar por encima, o al tocarlo, sale su nombre y su descripción. Los cuadros siguen las salidas, pero no todas las zonas son planas: lo que no cabe va a trazos o en un trozo aparte.
bosque la entrada puerta con llave arriba o abajo sale de la zona lleva a una sala que no cabe en el plano
El plano
Plano de La Arboleda Calcinada, la planta de la entrada: 100 salas. El lindero de la Arboleda. Aquí se acaba el hayedo y empieza otro bosque, muerto: troncos blancos de ceniza, sin una hoja, sobre un suelo gris que no suena al pisarlo. El primer tronco blanco. Un árbol entero, de la raíz a la última rama, convertido en ceniza blanca que conserva su forma: cada nudo, cada grieta de la corteza. La linde de ceniza. Aquí la hierba del mundo se acaba de golpe en una raya de ceniza, recta como trazada a cordel: a un lado verde, al otro gris. El sendero de los tocones. Entre los tocones negros se mueven brasas y se oyen gruñidos bajos: aquí cazan en manada los lobos de brasa, y se echan encima de quien pasa. El tocón hueco. Un tocón inmenso se alza junto al camino, hueco por dentro, con una abertura por la que cabe una persona. El cruce del lindero. Un cruce cerca del lindero, junto a una estaca negra de la que cuelga un trapo azul, el único azul en mucho trecho. La zanja cortafuegos. Una zanja larga y profunda cruza el bosque, cavada a pala para parar el fuego. La senda de las huellas negras. Por esta senda pasaron pies descalzos sobre carbón, y las huellas negras siguen marcadas en el suelo gris, nítidas, con todos los dedos. La loma de las cenizas. Una loma suave cubierta de ceniza hasta el tobillo; al andar levantas nubecillas grises que tardan en posarse. El cruce de los troncos blancos. Un cruce entre troncos blancos, marcado con un montón de piedras al que cada caminante añade una. La cuesta de ceniza. La cuesta es de ceniza suelta y cada paso la hace correr ladera abajo en regueros grises, lo único que corre en todo el bosque. El barranco seco. Un barranco hondo por el que corría un arroyo. El bosquecillo de las varas. Un bosquecillo de varas blancas, finas como dedos, que crecen apretadas en matas y te obligan a pasar de lado. La senda de los aguadores. Una senda trillada por la que van y vienen los aguadores con sus cántaros. El corazón de los troncos blancos. En el centro del bosque los troncos de ceniza son columnas más gruesas que una casa, tan juntas que la luz llega sin sombra. El pinar de carbón. Pinos de carbón negro llenan la ladera, y uno de ellos no está quieto: cruje, se inclina contra el aire y vuelve a erguirse, cada vez un paso más cerca. El calvero de los tocones. Un calvero abierto, sembrado de tocones de corte limpio: aquí se taló a hacha antes de que llegara el fuego, y el fuego se encontró el trabajo hecho. El borde del barranco. Pisas el filo de un barranco que se desmorona, y por él camina un lobo de brasa que deja un rastro de humo y vigila a quien se asoma. El cauce muerto. Un cauce de piedras blancas sin una gota de agua. La hondonada del rocío. Una hondonada donde la ceniza está más oscura y hecha costra: al amanecer se posa aquí un poco de rocío, el único de todo el bosque. El pozo cegado. Un pozo de piedra está lleno de ceniza hasta el brocal: ya no hay hueco, solo una tapa gris a ras de suelo. La ladera de las cortezas. Una ladera suave cubierta de cortezas desprendidas de los troncos blancos, enroscadas e intactas como pieles mudadas, que crujen bajo los pies con un sonido de… El paso de las cortezas. El suelo está cubierto de cortezas caídas, curvas y superpuestas como las escamas de un pez enorme, y crujen a cada paso. Las raíces al aire. Unas raíces enormes se alzan al aire sin ningún árbol encima: el tronco que sostenían ardió y se fue, y ellas se quedaron cerradas como los dedos de una mano… El ribazo negro. Un ribazo de tierra negra corta aquí el bosque blanco, un escalón de suelo quemado tan oscuro que parece mojado, aunque está seco como un hueso. El mirador del humo. Desde este alto se ve, lejos al norte, una columna de humo que no se mueve: sube recta y quieta contra el cielo blanco, como pintada. El tronco caído. Un tronco enorme de carbón yace atravesado en el camino, y entre los árboles negros que lo rodean hay uno que se mueve: arrastra las raíces y cruje al… El nido de los cuervos de ceniza. Un árbol muerto, negro y sin ramas finas, sostiene en sus horquetas una docena de nidos, y los cuervos grises entran y salen de ellos sin prisa. El vado sin agua. Una fila de piedras de vado cruza un cauce seco, y aun así saltas de una a otra por costumbre, como si el agua pudiera mojarte. La poza seca. Una poza seca en la curva del cauce, con el fondo liso y gris. El charco de la última lluvia. Una mancha más oscura en el suelo gris marca dónde hubo un charco, el de la última lluvia que cayó. El cruce de los aguadores. Cuatro sendas se juntan junto a una losa plana, la piedra donde los aguadores dejan los cántaros para descansar. La subida de las raíces. Unas raíces negras salen de la ladera y forman escalones que suben hacia el norte. El cruce de las raíces. Cuatro caminos se cruzan alrededor de un mojón, una raíz clavada de pie en el suelo. El sendero de las cenizas altas. La ceniza te llega aquí hasta la rodilla, y cada paso levanta una nube blanca que tarda en posarse. La ladera del este. Una ladera de ceniza baja hacia el este, rayada por surcos donde alguien ha arrastrado leña quemada una y otra vez. Bajo el tronco caído. Un hueco oscuro bajo un tronco derribado, tan bajo de techo que tienes que ir encorvado. La bajada del barranco. Una bajada empinada de ceniza suelta lleva al fondo de un barranco seco. La senda del sur. La senda es estrecha y va ceñida a un canalillo excavado a mano y forrado de cortezas, que corre a su lado como si esperase llevar agua a alguna parte. La trinchera de las raíces. Una trinchera estrecha corre entre dos paredes de raíces, y en el fondo la ceniza está caliente: algo con brasas en el lomo jadea más adelante y no está de… La entrada de la aldea. El sendero desemboca aquí en la entrada de una aldea de casas de barro, cocidas por el incendio hasta quedar duras y rojizas como tejas. El paso de los cuervos. Un paso estrecho entre troncos blancos, con cuervos de ceniza posados en las ramas: no graznan, solo giran la cabeza para seguirte al pasar. El refugio del carbonero. Al pie de la ladera hay una choza baja de troncos quemados y barro, donde vive un carbonero que saca de la ceniza lo que el fuego dejó a medias. La brasa enterrada. El suelo quema bajo los pies: debajo de la ceniza hay una brasa enterrada que no se apaga, y la tierra cruje como pan en el horno. El abedular de ceniza. Entre los abedules de ceniza se mueven brasas a ras de suelo: lomos de lobo que no se apagan, y ya te han olido. La madriguera vacía. Bajo una raíz se abre la boca de una madriguera de zorro, vacía y todavía tibia. La calle de las casas de barro. Una calle estrecha entre casas de barro cocido, con todas las puertas abiertas de par en par. El robledal quemado. Aquí empieza un robledal de robles negros, carbonizados pero en pie, con las ramas retorcidas abiertas hacia arriba. La plaza de la aldea. La plaza de la aldea es un redondel de tierra apisonada donde los aldeanos, tiznados hasta las cejas, siguen con sus quehaceres como si nada hubiera ardido. El cruce humeante. Tres caminos se juntan aquí sobre un suelo de ceniza tibia, y el humo de los tocones cercanos se queda bajo, a la altura de las rodillas. El fin del abedular. Aquí el abedular se cierra y no deja seguir: los troncos crecen tan juntos que forman una pared blanca. El roble partido. Un roble enorme se alza partido en dos de arriba abajo, abierto por un rayo de cuando aún había tormentas, mucho antes de que llegara el fuego; las dos mitades… La senda de los claros. Una senda estrecha cruza la ceniza hacia el este, y en ella el suelo empieza a cambiar: salen manchas de musgo del tamaño de una mano, pegadas al gris como… La calle del pozo. Esta calle sube entre casas bajas y está barrida con esmero: alguien la limpia cada día y amontona la ceniza en conos ordenados junto a las puertas. La casa del aguador. De la casa del aguador quedan cuatro paredes de barro cocido y ningún techo: el cielo blanco entra por arriba sin pedir permiso. El horno de cal. Un horno de cal, una cúpula baja de piedra blanca con la boca ennegrecida, da aquí un calor manso, el único del bosque que no da miedo. El ciprés en pie. Un ciprés de ceniza sigue en pie aquí, entero, con cada escama de sus ramas en su sitio y la punta afilada contra el cielo gris. Los tocones humeantes. Una hondonada llena de tocones que todavía humean, y no todo lo negro aquí está muerto: uno de los árboles calcinados se mueve entre ellos, crujiendo, y se… El cruce del robledal. Cuatro caminos se cruzan en el robledal bajo un roble seco del que cuelga, de una cuerda, una campana de barro sin badajo. El primer verde. Una mancha de musgo verde, ancha como una manta, se extiende sobre la ceniza: es lo primero vivo que encuentras en este bosque, y después de tanto gris el… El cruce del norte de la aldea. En este cruce se acaban las casas y el barro cocido deja paso a la tierra gris. El pozo de la aldea. Un pozo de piedra blanca, con su brocal, del que cuelga un cubo atado a una cuerda que baja hasta perderse en la oscuridad. El huerto de ceniza. Un huerto de surcos rectos y bien cavados donde no crece nada: la tierra es ceniza, y en los surcos siguen las coles, grises, de ceniza también, con la forma… El cobertizo hundido. El cobertizo se hundió hacia dentro y algo hostil, hecho de ceniza, ronda entre sus restos: del montón del centro se levantan remolinos sin viento, y el aire… El rincón de las lechuzas. Un rincón de árboles huecos: troncos de ceniza que el fuego vació por dentro y dejó en pie como chimeneas blancas. El sendero del este. Un sendero baja desde el verde hacia el gris, y a cada paso hay menos musgo y más ceniza, hasta que solo levantas polvo al andar. El fin del verde. Aquí se acaba el verde: el musgo se adelgaza en hebras y la ceniza gris lo vuelve a cubrir todo, blanda bajo los pies. La puerta verde. Un arco de ramas verdes, dobladas y atadas una a una hasta formar una puerta sin hoja, separa los cuencos del semillero, al sur, de los robles quemados del… El camino de la aldea. Este camino de tierra une el robledal con la aldea, pero al sur, entre dos robles caídos, cruje madera viva y furiosa: allí se alza el Roble Negro, que no deja… El musgo nuevo. Los tocones de este paso están cubiertos de musgo hasta la corona, como si alguien los hubiera tapado con paños verdes. El camino de la cantera. El camino de la cantera es ancho y lleva marcadas dos rodadas hondas, de los carros que bajaban cargados de piedra. La casa quemada. Esta es la única casa de la aldea que ardió entera, y algo hecho de ceniza se levanta entre sus restos en cuanto pisas el umbral, con muy malas intenciones. El nido de la lechuza blanca. Un árbol hueco más ancho que los demás se abre a la altura de tu cabeza, y dentro, sobre un lecho de plumas y huesecillos, vive una lechuza blanca que te mira… El paso de los helechos. Helechos jóvenes, con la punta todavía enroscada, crecen a los dos lados de un paso estrecho. El borde del claro. Aquí el verde y la ceniza se disputan el suelo a palmos: la hierba avanza en lenguas cortas y el aire la vuelve a cubrir de gris cada vez que sopla. La orilla del arroyo. Juncos altos crecen en esta orilla, verdes abajo y grises arriba, donde se les pega la ceniza que trae el aire. El cruce de la cantera. En este cruce el aire ya no es el mismo: del norte llega un calor seco que te tensa la piel de la cara, y con él chispas sueltas que vuelan bajas. El semillero. Sobre una losa de piedra hay cuencos de barro en fila, cada uno con un puñado de semillas tapadas con un paño húmedo, esperando. La guarida del Roble Negro. En este claro pequeño reina el Roble Negro, un árbol vivo y furioso que azota con las ramas a quien se acerca: fue el único al que el fuego no mató, y el fuego… El claro de la fuente. Un claro redondo y verde se abre aquí, a resguardo, y en el centro una fuente pequeña deja caer un hilo de agua en una pila de piedra. El claro de los helechos. Un claro lleno de helechos que te llegan a la cintura, y entre ellos se mueve algo que no deja huella: un zorro hecho de humo gris que se deshace y se rehace… El arroyo pequeño. Un arroyo de un palmo de ancho corre aquí entre dos franjas de musgo, tan poco hondo que el agua apenas cubre las piedras del fondo. El límite del fuego. Aquí empieza el calor: la ceniza bajo los pies está tibia, y hacia el este el aire tiembla. La cantera de piedra blanca. Una cantera abierta en la piedra blanca, con las paredes cortadas en escalones, donde algo de ceniza se mueve entre los bloques y no tiene buenas intenciones:… La cerca de los plantones. Una cerca de ramas trenzadas, baja y torcida, rodea un huerto de plantones para que nada los pise. El claro de la hierba. Hierba corta y verde cubre todo el claro, tan pareja que parece segada, aunque solo crece así de despacio. La pradera escondida. Tras un repliegue del terreno se esconde una pradera pequeña cubierta de flores blancas, tan blancas como los troncos de ceniza de fuera, pero blandas y vivas. El vivero. Hileras de plantones crecen aquí en tierra oscura traída a mano, y junto a cada uno hay un palito con un nombre escrito. La tierra caliente. La tierra quema a través de las botas y te obliga a cambiar el peso de un pie a otro, y por el aire vagan chispas grandes y vivas que se lanzan contra todo lo… El borde de la cantera. Desde el borde de la cantera miras abajo, a los escalones de piedra blanca, y luego afuera, al bosque de ceniza que se extiende sin una sola sombra verde. El cruce de las llamas. Cuatro caminos se cruzan entre árboles que arden sin consumirse, y por ellos caminan ascuas andantes que atacan a quien se les pone delante. El fondo de la cantera. El fondo de la cantera es un patio de piedra blanca cortada en ángulos limpios, rodeado de paredes altas que tapan el bosque y dejan arriba un trozo de cielo… El árbol que arde. Un árbol arde aquí desde hace siglos sin consumirse: el tronco está entero, con la corteza dibujada en rojo vivo, y las llamas suben por él sin un chasquido. El tronco de brasas. Un tronco enorme yace caído y hecho brasa de punta a punta: late con un brillo rojo que se aviva y se apaga despacio, como si respirara, y su calor te seca los… La senda de humo. Un humo espeso y amargo llena esta senda y no te deja ver más allá de unos pasos; dentro de él se mueve un ascua andante, un brillo que aparece y desaparece y… El paso de las chispas. El aire de este paso va cargado de chispas que suben del suelo como mosquitos de verano, y una de ellas, más grande y brillante que las otras, ronda con ganas… La ladera en llamas. Una ladera empinada salpicada de fuegos pequeños que arden sobre la piedra desnuda sin nada que los alimente, y entre ellos vaga una chispa errante. La cresta ardiente. Una cresta estrecha de roca caliente corre de oeste a este, con el fuego a un lado y el bosque blanco al otro, y por ella patrulla un ascua andante que no deja… La antesala del Incendio. Un rellano de tierra negra donde el calor ruge: al norte arde el Último Incendio, el fuego que acabó con este mundo. El Último Incendio. En el centro de un claro de tierra negra arde el Último Incendio, una figura de fuego del tamaño de un árbol, con algo parecido a unos brazos y una cabeza…